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Las Protestas de 1983, nada volvería a ser igual

Así como el lamentable suceso del ataque a las Torres Gemelas de Nueva York el año 2001 puede ser considerado el verdadero inicio del siglo XXI, por cuanto se produce un cambio drástico en las relaciones internacionales planetarias a partir de entonces, nos atrevemos a afirmar que el año 1983 fue el año que marcó para Chile el cambio de rumbo en su devenir político, que significaría el inicio de procesos sociales y políticos que fueron paulatinamente progresando en complejidad y profundidad. Los partidos políticos de la oposición al régimen militar [18] habían conseguido un nivel de coordinación suficiente como para proponer a la ciudadanía acciones concretas de repudio a la situación imperante. Ciertas organizaciones estudiantiles, sindicales y gremiales ya habían conseguido rearticularse y, de alguna manera, recuperar un cierto poder de convocatoria de masas.

El año 1982, en tanto, habían debutado las primeras manifestaciones callejeras en Santiago, las llamadas “Marchas del hambre”, con lo que se hacía tangible la sensación de que era posible la recuperación de los espacios públicos para manifestar el descontento. Así las cosas, son los dirigentes gremiales y sindicales quienes lideran los primeros llamados masivos a protestar contra el gobierno militar. Los democratacristianos Manuel Bustos (lider de la Central Unica de Trabajadores, CUT) y Rodolfo Seguel, lider de la Confederación de Trabajadores del Cobre, son las principales figuras públicas de un movimiento ciudadano que alcanzaría insospechadas dimensiones.

Rodolfo Seguel, dirigente de la Confederación de Trabajadores del Cobre, uno de los principales convocantes a la Primera Jornada de Protesta Nacional.
A inicios del año ’83, en el ambiente de las grandes centrales sindicales se baraja la posibilidad de promover un paro nacional, sin embargo las espectativas de fracaso de tal medida, fruto del temor y de las acciones de amedrentamiento de las autoridades militares [19], motivó un cambio de estrategia, gestándose de esta manera el llamado a una gran protesta ciudadana de alcance nacional, la que es convocada para el 11 de mayo por los dirigentes de los trabajadores, y apoyada directa e indirectamente por todas las organizaciones civiles y eclesiásticas contrarias al régimen. La protesta consistiría en no enviar a los niños al colegio, no comprar en el comercio, no hacer trámites, no concurrir a almorzar a los comedores de las empresas (nada que hiciera exponerse a ser despedidos), lectura de una proclama explicando los motivos de la protesta al mediodía en los lugares de trabajo, hacer sonar las cucharas en los comedores de las universidades y, a partir de las 20:00 horas y desde los hogares, hacer sonar ollas y cacerolas. Fue tal el éxito en niveles de participación de la jornada que nuevos sectores sindicales, gremiales y políticos decidieron sumarse a la convocatoria de una segunda jornada de protesta, de similares características para el mes de junio. Esta vez, los niveles de movilización fueron aun mayores, produciéndose la paralización efectiva de muchas actividades productivas, marchas en algunos lugares de la capital, corte de calles y de alumbrado eléctrico en zonas de la periferia de Santiago y una participación masiva de automovilistas protestando con las bocinas de sus vehículos en el centro y la zona oriente de la ciudad (zona de tradicionales partidarios del gobierno). La represión tampoco se hizo esperar y a las fuerzas de carabineros se sumó contingente militar para patrullar las calles y las poblaciones periféricas que habían mostrado mayores niveles de participación.
Los movimientos de protesta se repitieron durante casi todo el año, mes a mes, y fueron siempre en aumento en cuanto a niveles de participación masiva, pero también en cuanto a la osadía de las acciones de insurgencia de algunos grupos que ya comenzaban a organizarse en una lógica de confrontaciones que más adelante se transformarían en una verdadera guerra entre los habitantes de ciertas villas y poblaciones en contra de carabineros e incluso de los militares [20].


Imágenes del camarógrafo
Pablo Salas,
utilizadas en el documental “Andrés de
La Victoria”, de
Claudio di Girolamo
(Ictus, 1984).


Presencia militar en las poblaciones de Santiago
Imágenes del documental “Andrés de La Victoria”.
El gobierno, por su parte, aumentaba los niveles de violencia con la que reprimía estos actos, llevando a prisión a los líderes políticos y sindicales, oponiendo a los manifestantes efectivos militares en vez de funcionarios de la policía, pero también dialogando con algunos líderes de la oposición de forma tal de negociar la apertura en algunos ámbitos en los que las libertades se encontraban restringidas, y conseguir así la desarticulación del movimiento opositor. Para ello, los militares ensayaron por primera vez desde el golpe del año 1973 una fórmula de diálogo que incluyó la participación de ex-políticos “de carrera” a cargo de ministerios clave como lo era el Ministerio del Interior. El cargo se le encomendó a Sergio Onofre Jarpa, un político de la línea más dura en cuanto a su discurso anti-izquierdista, pero con capacidad de diálogo con los sectores de centro de la oposición.
Sin embargo, el mes de septiembre, recién asumido en su cargo, Jarpa decide la salida de 18.000 soldados a las calles de Santiago, con el ánimo de sofocar la nueva protesta ciudadana, que se estimaba sería la más importante en masividad y también en acciones de insurgencia puesto que coincidía con los diez años del golpe militar [21]. La presencia masiva de soldados en las calles de la ciudad provocó la muerte de más de 80 personas en una sola noche…


Jarpa asume como ministro del interior, 1983.

Hacia fines del año ’83, y luego de la brutal represión de septiembre, las organizaciones sociales y políticas abandonan la estrategia de las Protestas Ciudadanas. El gobierno endurecería paulatinamente las medidas en contra de los lideres opositores, manejando, por otro lado, un cierto diálogo aperturista con algunos dirigentes del centro político, en busca de un esperado quiebre de la oposición. Sin embargo, la masividad de las protestas había logrado demostrar a la derecha, al gobierno, a los partidos de la oposición y a la propia sociedad civil que existía una masa ciudadana que eventualmente podía atreverse a enfrentar a las autoridades en las calles y lugares de trabajo. De hecho, la participación de la sociedad civil en manifestaciones anti-dictatoriales no terminó con el fin de las protestas de 1983. Por el contrario, las movilizaciones ciudadanas persistirían hasta el último día del gobierno militar, pese al amedrentamiento, asesinato, secuestro y tortura de varios de los líderes de la oposición, crímenes que se sucedieron año tras año durante toda la década [22].



Protestas del año 83,
primeras movilizaciones masivas de la sociedad civil en contra del régimen militar.
Foto tomada del sitio web www.geocities.com/ sebastianjans/insur10-4.htm publicado por el historiador Sebastián Jans

En este contexto que se desarrollarían los capítulos más interesantes de la historia del video en Chile. Los espacios de libertad ganados en las protestas, la experiencia de sortear todos los escollos puestos por la dictadura al debate y a la creación, y un grupo de artistas, camarógrafos, periodistas y cineastas resueltos a emplear la cámara como arma de combate, constituyen los ingredientes de un proceso que hemos encontrado pertinente llamar “La Batalla Audiovisual de los 80”.

[18] Habría que recordar que a inicios de la década del ’80, los partidos políticos estaban proscritos y toda acción político-partidista era considerada ilegal. Pese a ello, ninguno de los partidos de la oposición acató la medida y todos intentaron funcionar en la clandestinidad, con direcciones paralelas tanto en Chile como en el exilio. Los partidos principales de oposición de la época eran: Democracia Cristiana (centro), Partido Radical (en su facción de centro-izquierda), Izquierda Cristiana IC (ligada a lo que se llamó “vertiente socialista”),

[19] Movimiento de Acción Popular Unitaria MAPU (también ligado a la llamada “vertiente socialista” pero con fuertes divisiones internas que desembocaron en la separación de un sector que impulsó la vía armada: el

[20] Movimiento Juvenil Mapu-Lautaro), MAPU Obrero Campesino MOC (antigua facción escindida del MAPU y cercana al partido comunista), Partido Socialista de Chile (partido de izquierda, dividido en a lo menos tres facciones por momentos irreconciliables), Partido Comunista de Chile (partido de izquierda cuya dirección resolvió a inicios del ‘80 la radicalización de la lucha antidictatorial, lo que se tradujo en la creación de un frente armado llamado Frente Patriótico Manuel Rodriguez), y el Movimiento de Izquierda Revolucionario MIR (grupo de ultra-izquierda que alcanzó por momentos la capacidad de trabajo propio de un partido organizado, pero que fue fuertemente infiltrado y diezmado por la represión durante los primeros años de la dictadura).

[21] Durante septiembre de 1983 se producen dos masivas tomas de terreno al sur de Santiago, protagonizadas por unas 5.000 familias, las que fueron bautizadas como “Campamento Monseñor Juan Francisco Fresno” y “Campamento Monseñor Raúl Silva Henríquez”.

[22] Podemos mencionar entre ellos el asesinato del lider sindical Tucapel Jimenez (1982), el de los militantes comunistas Parada, Guerrero y Natino el año 1985, la “Matanza de Corpus Cristi” el año 1987, el asesinato del dirigente del MIR Jeckar Neghme el año 1989, y el asesinato del ex presidente de la república Eduardo Frei Montalva, el año 1982, crimen que aun no ha sido aclarado pero del cual existen pruebas suficientes para sumarlo a esta lista.